¿Subirías a un taxi sin conductor?

Abres la puerta trasera, te acomodas y saludas por costumbre. Nadie responde. El asiento del conductor está vacío y, cuando el auto arranca, el volante gira solo, con una suavidad casi teatral. Afuera, el tráfico sigue su curso; adentro, una pantalla te muestra la ruta. Acabas de subirte a un robotaxi.

La escena ya no es ciencia ficción. Waymo, la empresa de vehículos autónomos de Alphabet, matriz de Google, ofrece su servicio en más de una decena de ciudades estadounidenses, entre ellas Phoenix, San Francisco, Los Ángeles y Miami, y se ha propuesto superar el millón de viajes pagados por semana a finales de este año. En China, Apollo Go, de Baidu, opera viajes comerciales sin nadie al volante en Wuhan desde 2022, y en 2026 llevó el servicio a Dubái.

El proceso resulta familiar para cualquiera que haya usado una aplicación de transporte. Se pide el viaje desde el teléfono, se indica el destino y la app muestra cuánto falta para que llegue el vehículo. Cuando el auto se detiene frente a ti, lo identificas en la aplicación, subes y, con un toque en la pantalla, comienza el recorrido. Al llegar, el auto se estaciona, te avisa y sigue su camino hacia el próximo pasajero.

TECNOLOGÍA  | ¿TAXI SIN CONDUCTOR?

TECNOLOGÍA  | ¿TAXI SIN CONDUCTOR?

¿CÓMO LO LOGRA?

Los robotaxis de Waymo y Apollo Go llevan en el techo y en los costados un conjunto de cámaras, radares y lidar, un sensor que mide distancias con pulsos de luz láser. Juntos le dan al auto una visión de 360 grados, de día y de noche. La inteligencia artificial convierte esas señales en un mapa vivo del entorno: distingue a un ciclista de un peatón, lee los semáforos y anticipa hacia dónde se moverán los demás. Con esa predicción decide, muchas veces por segundo, cuándo frenar, girar o esperar. Su experiencia se nutre de millones de kilómetros recorridos, en la calle y en simulación.

La conducción es deliberadamente prudente: sin frenazos bruscos ni aceleraciones impacientes, con una disciplina frente a los límites de velocidad que pocos conductores humanos mantienen. El auto se convierte en un espacio propio. La música y la temperatura pueden ajustarse desde la pantalla o el teléfono. Y para muchos el mayor lujo es el silencio: nadie pregunta, nadie opina, nadie sube el volumen de la radio.

Viajar sin conductor tiene un atractivo evidente: se puede atender una llamada de negocios, repasar una presentación en voz alta o cantar sin testigos. Pero la privacidad es relativa. El vehículo está equipado con cámaras y sensores, también en el interior, y la empresa registra datos del viaje como origen, destino y horario. Antes de subirse vale la pena leer la política de privacidad de la aplicación, como deberíamos hacer con cualquier servicio digital.

Los primeros minutos suelen ser los más intensos. La mirada se va al volante, a los pedales, a cada peatón que se acerca a la acera. Es natural: ceder el control a una máquina va contra un instinto muy arraigado. Con el paso de las cuadras, la tensión tiende a ceder y el viaje se vuelve, sencillamente, un viaje. Es fácil terminar revisando el celular, como en cualquier taxi.

Las dudas, sin embargo, son legítimas. A finales de marzo de este año, más de un centenar de robotaxis de Apollo Go quedaron detenidos al mismo tiempo en calles y vías elevadas de Wuhan, un episodio que recordó que estos sistemas también fallan. Y, aunque no haya nadie al volante, el pasajero no viaja del todo solo: las empresas cuentan con equipos que supervisan la flota a distancia y asisten a los vehículos cuando enfrentan situaciones complicadas.

Ahora imagínalo en ciudad de Panamá. Un auto que se incorpora sin pitar a la Vía España a las seis de la tarde, que espera sin perder la paciencia en un tranque de la Transístmica o que encuentra su camino bajo un aguacero de octubre. Para llegar ahí harían falta reglas claras, calles bien señalizadas y mapas actualizados. El reto es enorme, pero la tecnología ya circula en otras ciudades del mundo. La pregunta es cuándo llegará y si estaremos listos para confiarle el volante.

Entonces, ¿te subirías?