El primer viaje del año suele llegar cuando todavía llevamos encima restos de casa. La forma de caminar, el horario del desayuno, la costumbre de mirar el reloj. Bastan uno o dos días en otro lugar para que eso empiece a aflojar. Caminar por una calle desconocida, sentarse en una mesa que no es la de siempre, escuchar un idioma ajeno o un acento distinto devuelve algo esencial. El viaje vuelve a sentirse como lo que es: una interrupción amable de la rutina que recuerda por qué salir sigue teniendo sentido.

Ese primer destino revela con claridad el punto desde el que se empieza el año. Hay comienzos que se dan en ciudades pequeñas, de trayectos breves y ritmos previsibles, donde el día se ordena sin urgencia. Otros arrancan en grandes capitales, con tránsito constante, museos, barrios extensos y caminatas largas que cansan el cuerpo y despejan la cabeza. Cada escenario acompaña un estado distinto. Nueva York, Tokio o Buenos Aires energizan e inspiran; Sevilla, Oaxaca y Abu Dhabi dan perspectiva y profundidad.

Algunos eligen empezar frente al mar, con días similares entre sí, sal en la piel y horizontes abiertos. Otros prefieren ciudades invernales, abrigados, recorriendo calles a paso lento, entrando y saliendo de espacios cerrados, atentos a los detalles. El lugar elegido encaja con la forma en que cada uno necesita volver a moverse.

También importa la relación con el destino. Volver a un sitio conocido activa familiaridad y continuidad. Llegar por primera vez obliga a afinar la mirada, a orientarse, a perderse un poco. Esa diferencia define el tipo de atención que se pone en juego al comienzo del año.

El primer viaje suele ser contenido. Pocos días, un ritmo manejable, planes flexibles. Caminar, observar, comer bien, dormir mejor. Ese equilibrio entre movimiento y pausa fija una referencia personal. Después de volver, se entiende con mayor claridad qué tipo de experiencias despiertan interés y cuáles dejan de ocupar espacio.

Ese viaje inicial también marca un límite. Define cuánto movimiento se desea, cuánta novedad resulta estimulante, cuánta calma se agradece. Desde ahí, el resto del año se ordena con mayor coherencia, sin forzar desplazamientos ni acumular destinos.

Lo que ocurre en ese primer viaje del año quizá no marque la cadencia ni anticipe lo que vendrá después. Sí aporta algo distinto. Devuelve ganas, energía y disfrute. Permite empezar el año en movimiento, recordando cómo te gusta viajar, cómo te gusta estar fuera y qué tipo de experiencias te resultan realmente placenteras. Desde ahí, el año se vive con más entusiasmo, más curiosidad y con la sensación de haber empezado bien, que no es poca cosa cuando se trata de viajar.

DESTINOS  | EL PRIMER VIAJE DEL AÑO

ERNESTO MÉNDEZ CHIARI
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