El término artritis engloba a todas aquellas enfermedades reumáticas en las que el proceso causa inflamación articular. Esto implica síntomas articulares como hinchazón, enrojecimiento, aumento de la temperatura de la piel, dolor y limitación en las articulaciones afectadas, así como otros signos generales como fiebre, cansancio, pérdida de apetito o adelgazamiento.

Mientras que la artritis reumatoide es, por tanto, una enfermedad reumática autoinmune, de causa desconocida, que inflama las articulaciones y los tejidos que las rodean, aunque también puede afectar a otras partes del cuerpo, como la piel, los ojos, los vasos sanguíneos, el corazón y los pulmones, normalmente cuando la patología ya está establecida.

No se conoce bien la causa de la artritis, pero sí se sabe que se trata de un trastorno autoinmune; es decir, el propio sistema inmunitario ataca las células y los tejidos del cuerpo.

Aunque, como comentábamos, se desconoce el motivo exacto por lo que sucede esto, sí existen factores de riesgo que aumentan la probabilidad de desarrollar esta enfermedad. Pueden ser de dos tipos:

  • Factores genéticos:parece ser que determinados genes están vinculados al origen de la artritis reumatoide. Por tanto, tener familiares –padres, hermanos, abuelos…- que hayan sufrido o sufren esta patología incrementa el riesgo de padecerla. Pero debemos saber que estos factores predisponen, pero no determinan la aparición de la enfermedad.

  • Factores no genéticos:pueden ser muy diversos, desde sufrir variaciones en las hormonas femeninas –los estrógenos-, a haber padecido infecciones causadas por determinados virus o bacterias –si bien esta vinculación no ha podido ser claramente establecida-, el tabaquismo o un exceso de estrés o la obesidad, entre otros.

Aunque la artritis hoy en día no tiene cura, sí existen tratamientos muy efectivos que permiten controlar los síntomas. Se trata de una amplia variedad de medicamentos, que suelen utilizarse de forma combinada y durante largos períodos de tiempo. En este sentido, existen varias posibilidades:

  • Anti-inflamatorios no esteroideos (AINEs) como el ibuprofeno o el naproxeno: disminuyen el dolor, la inflamación y rigidez de las articulaciones, pero no evitan su destrucción ni frenan la enfermedad. Suelen usarse en los estados iniciales o durante los periodos de exacerbación.

  • Glucocorticoides: son derivados de la cortisona, que pueden usarse en las fases iniciales de la artritis o en los periodos de empeoramiento, aunque durante el menor tiempo posible, debido a sus efectos secundarios.

  • Tratamiento de las articulaciones: si estas continúan inflamadas, pueden tratarse con infiltraciones o, si la articulación está muy dañada, con material ortopédico especial. También puede emplearse la fisioterapia (aplicación de calor, estimulación eléctrica o frío local) como complemento.

  • Cirugía: en caso de que la enfermedad esté muy avanzada y las articulaciones muy deterioradas, puede ser necesaria la cirugía ortopédica o reparadora. La artroscopia –en la que se introduce un tubo conectado a una cámara en la articulación- y la sinovectomía -extirpación del revestimiento articular- son algunas de las más habituales. La artroplastia, que es la sustitución de la articulación por una prótesis, se utiliza cuando la articulación –fundamentalmente en rodillas y caderas- está ya gravemente comprometida. Existen otras técnicas quirúrgicas en función de la gravedad de la afectación y de su localización.