Esta actitud positiva puede aportarnos muchos beneficios por sí misma. Si tiene poca, tal vez es el momento de hacer algo para aumentarla.

Ante situaciones negativas, solemos pensar que no hay salida, que no vale la pena seguir luchando, perdemos la esperanza. Nos sentimos atados y no vemos luz al final del túnel.

Pero lo cierto es que, frente a estas situaciones difíciles, jamás debemos bajar los brazos y perder la fe, pues, aunque no lo creamos, podemos encontrar la luz en los peores momentos, y debemos saber cómo guiarla y llevarla a la acción.

Según el diccionario, la esperanza, es el estado de ánimo en el cual se cree que aquello que uno desea es posible.

Es uno de los sentimientos más constructivos y positivos.

Hace que luchemos y nos pongamos en marcha para alcanzar nuestros objetivos y nos ayuda a soportar cuando la dificultad amenaza con destrozarnos, nos concede consuelo y nos ayuda a pasar esos momentos de angustia en los que parece que no saldremos adelante. Impide que caigamos en el desánimo, en la depresión y que demos algo por perdido.

Cuando se pierde, dejamos de involucrarnos con nuestro objetivo, decae el interés y no se invierte el esfuerzo ni la creatividad que requiere la situación.

Tenerla puede ser un hecho activo o pasivo. Puedes confiar y esperar que todo cambie o intervenir y protagonizar el cambio. Ambas fórmulas influyen de forma positiva, pero el control y la seguridad son mayores si participas en construir tu destino.

Una persona con esperanza activa espera cosas buenas del futuro, su atención está puesta en ver oportunidades. Aprovecha las circunstancias que le brinda su entorno.

Busca cómo lo que le ocurre depende de sí misma, es decir, tiene un locus de control interno. Su éxito y fracaso dependen de ella. Confía en su capacidad, recursos y talento, y tiene un estilo resolutivo para afrontar los problemas. Hace que las cosas ocurran, no espera a que sucedan.

Esta actitud va acompañada de emociones positivas, como la confianza, el entusiasmo y la felicidad. La desesperanza se relaciona con sentimientos negativos, como la desidia, la inseguridad o la desilusión, que lleva a muchos a vivir vidas vacías. 

Los médicos saben que afecta nuestra capacidad para sanarnos. 

Los pacientes con esperanza tienen mayores niveles de dopamina, endorfinas y otros neuroquímicos que promueven el bienestar y la energía para vivir.

En conclusión, la esperanza es nuestra energía, el combustible vital que permite a la gente conseguir aquello que de otra forma no conseguiría. Sin ella, te faltaría energía para comprometerte con la vida.

¿QUÉ HACER?
1. Ponte metas realistas y comprométete a alcanzarlas.

2. Persevera. Esfuérzate por lo que quieres, confía en ti. Aprende a ver tus fortalezas y utilizarlas en pro de tus
sueños.

3. Rodéate de personas que te den apoyo. Sentirte querido, protegido y escuchado ayuda a mantener el ánimo.

4. Pon el control de tu vida en manos de Dios. “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”, dice la Biblia. No hay nada más poderoso para tener esperanza que una comunión diaria con Dios. Habla con Él, aprende a escucharlo, Él te guiará en tu vida, en maneras mucho mejores a las que jamás has imaginado.

5. Deja de lado la melancolía del pasado, céntrate en el ahora.

6. Aprende a perdonar y, si tienes asuntos pendientes, afróntalos hoy mismo.

7. Analiza qué parte de la vida es controlable y cuál no. Así podrás concentrarte en lo que depende de ti.

8. Ámate a ti mismo, porque eres alguien muy especial. 

No dejes que los obstáculos te detengan y nunca pierdas la esperanza. Siempre ten fe en que existirán nuevas oportunidades, en que podrás ver la luz, en que las puertas volverán a abrirse para ti. Jamás dejes de creer, de soñar, de intentarlo. Esto aumentará mucho las posibilidades de alcanzar todas tus metas.

“La esperanza es un sueño despierto”.