El hecho de maldecir, insultar y decir malas palabras hace mucho más daño de lo que imaginamos a nuestras relaciones, imagen y la propia paz interior.

En la actualidad, hablar y decir malas palabras es algo normal, de moda. Ahora cada quien piensa y dice lo que le parece correcto; por ello, la vulgaridad se ha deslizado en la televisión, el cine, la publicidad, el trabajo y las redes sociales, convirtiéndose en un fenómeno transcultural y transnacional.

A diario escuchamos en los medios de comunicación canciones pornográficas con mensajes vulgares, que apenas se pueden llamar palabras, son coágulos emocionales de mal gusto, por ser un recurso fácil y poco inteligente. Las dicen ignorando que “el insulto deshonra a quien lo infiere”, no a quien lo recibe, según Diógenes el Cínico.

El lenguaje es importante, es la mejor manera de expresión, con el describimos cómo somos y cómo es nuestra manera de pensar y vivir. El habla es la mejor vía de comunicación que tenemos los humanos y debemos usarla correctamente.

No hay duda de que nadie es perfecto y algunas veces una grosería inofensiva puede resbalarse por nuestra boca, pero lo inaceptable es hacer insinuaciones sobre género, etnicidad, discapacidad física o mental o sexualidad.

Cuando hablamos de grosería nos referimos a las diferentes formas de dar a conocer aquella palabra que señala de manera despectiva un acto, persona o cosa. Evidentemente, las palabras en sí no son buenas ni malas, pero pueden ser malas por las intenciones, emociones y carga insultante que generan en nosotros y en los demás.

Según estudios de la Universidad de Kiel y la APS (Association for Psychological Science), “entre un 0.5% y un 0.7% de las palabras que decimos todos los días son groserías”. Decimos más groserías cuando estamos solos: nuestro diálogo interno llega a contener un 20%. 

Existen dos categorías en el mal hablar: la casual y la causal. La primera se refiere al que hacemos para resultar cómicos o por diversión. La segunda es provocada por el dolor o por una emoción, como el enojo, la molestia, la frustración o la impaciencia.

El casual pareciera no herir a nadie, pero te hiere, sobre todo si lo empleas inapropiadamente. El causal, cuando me enfado, pareciera también inofensivo, pero suena mal y te hace ver mal. Las personas te respetarán si tratas los problemas seria y profesionalmente, sin perder el control de tus emociones. 

¿Qué esconde quien dice muchas groserías? Quienes se expresan así tienen una autoestima baja o han sufrido rechazo por parte de la familia y la sociedad o, como dicen los psicólogos, presentan complejos de inferioridad.

Pero recordemos que, cuando hablas, desnudas tu alma a quien te escucha, y eso habla mucho de ti. Por ello, quien te escucha hace una lectura de tu imagen, y eso cuenta. 

La Biblia dice “El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón.

Pues de lo que abunda en su corazón, habla su boca”. Esto nos enseña que más sucio es lo que sale del corazón a través de la boca que lo que podría entrar en ella.

¿QUÉ HACER?

1- Realiza actividades que te ayuden a descargar emocionalmente.
2- Sé consciente de tus emociones y de las personas con quienes te rodeas.
3-Analiza las razones por las que no es bueno para ti decir malas palabras.
4- Aprende a expresar tus emociones sin ellas.
5- Si eres quien comete el error, corrige de inmediato y cuida no cometer el mismo error.
6- Cuando alguien te provoque con palabras groseras, golpéale con el silencio. Si respondes con malas palabras te pondrás a su mismo nivel.

La clave para el éxito es aprender a manejar las situaciones que te sacan de tus casillas buscando las palabras adecuadas. Tomará tiempo, no hay duda, pero poco a poco podrás reducir este mal hábito. La autosuperación siempre es difícil, pero vale la pena el esfuerzo.

«Cuanto más estrecha la mente, más grande la boca».


AZAEL PITTI
Presidente de Azael Pitti Training. Consultor y Conferencista.
az@recursoshumanosapt.com