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LA MECA DEL BUDISMO

Desde la incursión por parte de china, muchas cosas han cambiado en esta tierra inhóspita, pero hay algo que sigue intacto en la región conocida como “el techo del mundo”: la espiritualidad, equilibrio y la naturaleza en estado puro.

 

Monasterios, templos y un silencio acogedor son los anfitriones de la cumbre del mundo y  hogar de Buda, la figura principal del budismo y eje central de todo lo que se mueve en esta región apartada del planeta. El Tíbet es uno de los parajes más inmensos de la Tierra, una región donde se funde lo físicamente mensurable con lo atemporal del misticismo.

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Aquí, en el corazón tibetano, nada parece interferir con los cientos de miles de peregrinos que invaden diariamente los templos y monasterios, donde a manera de ritual los lugareños acuden a postrar sus cuerpos en señal de reverencia y fe, en busca de perdón y clemencia por alguna falta cometida.

 

El Tíbet es una sinfonía única de hechos y cultura. Un lugar donde vivir y sobrevivir depende de unos pocos elementos y cuyos pueblos tienen la capacidad de producir un efecto teatral en quienes los visitan, como Lhasa, la capital de la Región Autónoma del Tíbet, en la República Popular China.

 

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LA CAPITAL DEL CIELO

Lhasa en tibetano quiere decir “Tierra de los Dioses”. Está situada en el centro del Tíbet a unos 3, 600 metros de altitud, en el fértil valle del Kyichu, un afluente del Brahmaputra, uno de los ríos más largos de Asia.

Los primeros viajeros la llamaron “la meca del budismo” y es la capital religiosa no solo del Tíbet, sino de toda Asia Central. Su ubicación parece elegida para producir en el que llega, un efecto dramático, pues está rodeada por las montañas del Himalaya, que la mantienen al abrigo de las miradas, hasta que de repente aparece el Palacio de Potala, la residencia de los Dalái Lama y todo lo antes visto por nuestros ojos parece ínfimo y sin importancia.

 

El Potala es una de las cumbres que se deben escalar una vez se encuentren en el Tíbet. Se ubica a 3, 700 metros de altitud y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994. Se pueden pasar horas contemplándolo, con sus techos de oro que resplandecen ante el sol como lenguas de fuego y en su interior, el sentimiento de paz que se respira es indescriptible.

 

Pero por muy deslumbrante que este sea, el verdadero centro y santuario de la ciudad santa es el Templo de Jokhang o Monasterio de Jokhang, donde desde hace muchos siglos se dirigen los peregrinos.  Las losas del piso están pulidas por la fe y en su interior la atmósfera de religiosidad se puede apreciar a través de pequeñas lámparas alimentadas con manteca rancia de yak, de penetrante olor, que rinden tributo a Jowo Shakyamuni, la imagen del señor Buda.

 

En torno a este templo se desarrolló Lhasa, para atender a los que acudían de todos los confines del mundo en busca de ayuda espiritual. Es fácil entender el fervor después de estar en este rincón del mundo, donde sus habitantes, tibetanos nativos de la región, grupos étnicos compuestos por aproximadamente 56 tribus oficialmente reconocidas, y una creciente población de chinos que se quedaron en esta tierra luego de la incursión, hacen que todo el entorno se sienta diferente, impregnado de una cultura que se niega a ceder a pesar de las circunstancias.

 

Vale la pena un recorrido por el Barkhor, barrio tradicional tibetano  que rodea el Templo de Jokhang, y donde el nivel de ideología se aprecia en los cientos de fieles que llegan a circunvalar esta calle en sentido de las manecillas del reloj. Para los tibetanos recorrer en círculos es fundamental, así como lo es tener los edificios sagrados a su mano derecha.

 

Atrás queda el Tíbet y sus monasterios, custodiados por el Monte Everest, la montaña más desafiante del planeta que guarda en sus laderas cientos de almas que quisieron conquistarla. Pero aquí, el tema de vivir y morir no causa tal conmoción, pues incluso Buda murió, una enseñanza que la muerte es una realidad inevitable de la vida.