La manera en la cual preparamos nuestro arreglo personal para una junta, para una cita, para un día cualquiera, envía un mensaje con quienes compartiremos el momento.

Hace muchos años, varios amigos míos se organizaron para realizar un viaje por Europa. Fueron ahorrando, estudiaron rutas, consiguieron recomendaciones y se lanzaron a la aventura. A la distancia, uno de los temas que me llama la atención son los “tips” de viaje.

Si viaja uno a Londres y toma las escaleras del metro, debe colocarse hacia un lado de las mismas, para dejar pasar a quienes las bajan (o suben) corriendo. En México es raro que alguien lo haga, y de hacerlo, el corredor sabe que debe ser paciente.

En Londres no es así y la gente puede molestarse bastante cuando un turista ensimismado bloquea el paso. 

Mis amigos tuvieron un viaje espectacular y trajeron grandes anécdotas. No todas agradables. En Francia compraron un boleto de metro para salir hacia Versalles. Ninguno hablaba francés y no entendían por qué existían dos precios distintos de boletos si la ruta era esencialmente idéntica.

Compraron el más barato y abordaron el tren. No tenían idea que Versalles está a las afueras de la ciudad y es considerada fuera de la zona urbana. Se enteraron al salir e introducir su boleto: un par de oficiales les indicó que se habían hecho acreedores a una multa de 100 euros cada uno.

Si nos equivocamos, la experiencia se volverá angustiante cada vez que debamos repetirla. En cambio, si logramos nuestro objetivo al primer intento, la ansiedad bajará, conseguiremos confianza en nosotros mismos y comenzaremos un proceso iterativo de prueba y error.

En la medida en la que vamos descubriendo y aprendiendo expresiones, significados culturales, se nos abre la puerta a entender a la gente que habita dicho lugar. Hablar un nuevo lenguaje no es solo una herramienta para sobrevivir en tierras ajenas. Es una puerta para poder entender al mundo desde otra óptica.

Bueno, pues, la imagen personal es a la vez, un lenguaje. La forma como vestimos, combinamos texturas, colores
y tonos. La manera en la cual preparamos nuestro arreglo personal para una junta, para una cita, para un día cualquiera, envía un mensaje hacia las personas con las que compartiremos el momento.

En la medida en la que aprendemos este lenguaje, se abren puertas también, entendemos aspectos culturales y aprendemos a ver el mundo de formas distintas. Si no lo hablamos, nos resultará siempre como el tablero del metro al viajero inexperto: algo angustioso y quizá frustrante. 

La imagen personal puede resultar un tema complejo, pero es un lenguaje. Se adapta a las culturas como las lenguas a las regiones. Una vez que nos decidimos a abrirnos a este concepto, descubrimos también formas de ver la realidad que nos enriquecen.

No es solo adaptar el estilo adecuado a una junta de trabajo, es crear el ambiente para que la junta sea efectiva. No solo es vanidad o banalidad. Es psicología, sociología y aún más importante: cortesía. Respeto.

Una imagen adecuada envía varios mensajes sobre mí mismo, pero también sobre el respeto que tengo hacia ellos, el espacio que compartimos y la actividad que realizamos.

Imagen no es solo máscara, es también reflejo. Si la vemos como un disfraz que adoptamos, nunca estaremos cómodos con ella. Si en cambio la entendemos como un vehículo de expresión personal, se enriquece la experiencia y la disfrutamos mucho más.

Y es quizá este punto el más importante al momento de hablar de nuestra representación: congruencia. Nuestra apariencia personal, al ser reflejo de nosotros, también se convierte en una palestra para mis valores, mis pensamientos, mis emociones.

Cuidar la propia imagen va más allá de escoger un traje para la oficina. Es en el fondo un vehículo para demostrar si creo en la diligencia o en la espontaneidad, en la sobriedad o en la austeridad. Abramos la puerta y exploremos nuestra imagen.


«La imagen personal puede resultar un tema complejo, pero es un lenguaje».
JORGE LLAGUNO SAÑUDO
*El autor es profesor de Factor Humano en IPADE Business School.