Al hablar de pérdida, esta suele relacionarse con el deceso de un ser querido, pero no siempre es así. En rasgos generales, puede afectar a muchos ámbitos de nuestra vida, no solo a los relacionados con la muerte.

La madre de mi esposa, doña Albita, en los últimos días de su vida, le regaló uno de sus anillos más apreciados a mi esposa.

Era un aro de oro de 18 quilates con una preciosa amatista bellamente biselada. También le obsequió un par de aretes que hacían juego con el anillo. «No, mamá, tú siempre lo has llevado puesto, ¡y es tu preferido!», exclamó mi esposa. Y ella le respondió:

«Es cierto, hija. Sin embargo, quiero decirte que ha llegado el momento de separarme de él, decirle adiós y que lo lleves tú de ahora en adelante. No obstante, quiero recordarte que tú también tendrás que despedirte de él algún día. Porque así es la ley de la vida».

Han pasado muchos años desde la partida de doña Albita y, afortunadamente, mi esposa aún conserva el anillo, con mucho cariño, luciéndolo en ocasiones muy especiales, igual que mis hijas.

Traigo a colación esta experiencia para resaltar la importancia de la temporalidad en la vida. Nuestra realidad en esta tierra no es permanente, tampoco nuestras propiedades.

Todo es temporal. La permanencia es imposible y, al final, aprendemos que no hallaremos la seguridad en el intento de conservarlo todo ni rehuyendo la experiencia de la pérdida.

Vale la pena destacar que lo que realmente importa es eterno y nuestro para siempre: el amor que hemos sentido y el que hemos dado. Este permanecerá y no se perderá nunca.

Nuestras casas, autos, empleos, joyas, dinero, nuestra juventud e incluso nuestros seres queridos son solo un préstamo. Como lo demás, nuestros familiares no nos pertenecen, pero esto no tiene que entristecernos, al contrario, pues nos permite valorar más las múltiples y maravillosas experiencias y cosas de las que disfrutamos durante nuestra vida.

La Biblia dice: «Porque nada trajimos a este mundo y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso». Hay que aceptar que tal como salimos del vientre de nuestra madre, solos y desnudos, así nos iremos de este mundo.

No digo que sea siempre provechoso perder, ni mucho menos, pero debemos esforzarnos por encontrar las cosas positivas que nos proporciona la pérdida, las oportunidades que se nos abren por cada quebranto que sufrimos.

QUÉ HACER

1. Céntrate en las emociones positivas. Pregúntate, si has perdido un ser querido: ¿Qué conservo de esa persona que ya no está físicamente conmigo? Y concéntrate en aquellos recuerdos más hermosos y significativos, el amor que te dio, las alegrías y tristezas que compartieron juntos, etc.

2. Sé positivo. No vivas tu vida pensando que esta es estable ni eterna, ya que sentirás cualquier cambio como algo imprevisto o negativo.

3. Adáptate a los cambios. La vida está llena de ellos. Algunos los escogemos, otros vienen impuestos.

4. Enfréntate a las pérdidas. Escapar de lo que nos duele conduce al sufrimiento. Así, lo que podía haber sido un duelo sano y necesario para crecer, se convierte en trastornos de ansiedad, miedos, fobias, depresión, aislamiento, angustia, etc.

5. No alteres el tiempo. No existe un lapso preestablecido para superar una pérdida personal o material. Todos necesitamos un periodo de asimilación, y el doliente requiere comprensión, empatía y apoyo, según sus necesidades.

6. No te culpes. Si perdiste un objeto de alto valor sentimental, recuerda que solo es un objeto. Lo valioso es que tus seres queridos estén en ti, en tus recuerdos y en tu personalidad, y en lo que sientes hacia ellos: eso no puede perderse nunca. 

La vida es un viaje donde cada momento cuenta. Lo pasado marca lo que eres ahora, y esa persona perdida es una pieza más de tu esencia vital. La llevas contigo, siempre lo harás. 

Vive de nuevo en plenitud y con esperanza, porque todo ese amor vivido marca también lo que eres ahora. 


AZAEL PITTI
PRESIDENTE DE AZAEL PITTI TRAINING. CONSULTOR Y CONFERENCISTA.
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